jueves, 13 de noviembre de 2014

MÉXICO


De: Rodrigo Pedroza, México, D.F.














¿Qué hacemos los cristianos frente a la muerte?


         Salvo honrosas excepciones, en las iglesias modernas de tendencia anglosajona, o cuya doctrina se basa en tradiciones veterotestamentarias, interpretaciones constantinianas de pasajes como Romanos 13, o modas poco fundamentadas bíblicamente, se  habla en general de “victoria”.
 No decimos que ser “más que vencedores”  carezca de veracidad, pero si descontextualizamos los eslogan que permean la cristiandad del momento histórico en que nos toca vivir, perdemos de vista nuestro papel profético.
Ya sabemos que   el “papel profético” no es la habilidad extraña de saber el futuro, sino que se trata del análisis profundo y crítico del momento actual, de una deconstrucción político-cultural, de la denuncia de la maldad y el anuncio de un nuevo proyecto:   el Reino de Dios.
Entonces, en el contexto sociopolítico mexicano en que vivimos hoy, ¿cómo decir que andamos en “victoria”? Afirmamos todos juntos que en la cruz el Señor nos libró del pecado, la maldad, la muerte y el poder del diablo. Pero si tomamos esta verdad como un eslogan, entonces “andar en victoria” no es más que una manera escapista de huir del dolor (¿a quién le gusta sufrir?), en lugar de la encarnación de esa verdad concreta de liberación y de transformación radical de todo el sistema-vida.
“No te pido que los saques del mundo­  —la victoria es anuncio cotidiano y concreto, en-carnado del testimonio de vida para un mundo sin esperanza— sino que los libres de todo mal”.  Que el sistema de injusticia no nos deforme ni nos trastoque. Que no nos deforme en lo político ni en lo social, ya que no se trata solamente de aquella cosa abstracta del “mal diabólico”. Recordemos  con Pablo, que aquellas exousias que dominan el aire se concretan en el sistema-vida: el mal es concreto, para nada abstracto. Y que tampoco entremos en la inacción, porque somos profetas, en medio de lobos.

Entonces, decir “andamos en victoria”, implica mucho, pero mucho más que solamente decirlo. Al menos tendríamos que tener conciencia de que estamos enfrentando cotidianamente un sistema contradictorio, que produce muerte social, educativa, en nuestras relaciones políticas y fácticas.
Nuestra victoria en Cristo comienza entonces a transformarse en muchas preguntas acerca de cómo se podría convertir el contexto en el que vivimos en una real victoria.
 Y si pensamos que nuestra máxima victoria es el triunfo final de la Vida sobre la muerte en el momento histórico de la resurrección, entonces, vale la pregunta: en un contexto donde reina la muerte, ¿qué hacemos los cristianos frente a ella?
Pablo entiende que el último enemigo a vencer ni siquiera es el diablo, sino la muerte (1º Cor. 15:26). Y nos parece que no se refiere a la muerte natural, esto es, la muerte que acontece en un gusanito o en una persona, sino lo que separa del Señor a la humanidad como un todo.  Si así fuera se trataría de un sistema lleno de contradicciones que al final terminaría destruyéndose asimismo (y a todo lo contenido en él), sin esperanza. Y eso parece terrible.
Sin embargo, para el cristiano hay dos formas de concebir la muerte.
La primera es que  la muerte ha quedado totalmente dominada, sin poder bajo la autoridad de Cristo Jesús, que es el primero en regresar al vencerla de una vez para siempre haciéndose Señor y dador de Vida (Col.1:18, 1ª Tes. 4:13-18, Juan 5:21, etc.). El tema del Nuevo Testamento es que Jesús ha vencido, que triunfó de una vez para siempre sobre la muerte. Por eso nos enseñan los apóstoles que de acuerdo  con la obra de Cristo es necesario morir a lo que produce muerte, es decir, al pecado, y a mi vida pasada  ­—o sea, ¡al sistema-vida contradictorio que deformaba la imago Dei en mí!  donde no hay ética, donde el mal es tan sólo un “error”—  para vivir una vida nueva en el camino de Jesús.
En ese sentido, podemos pensar en un cuadrinomio muerte-arrepentimiento-vida-regeneración: ya no regresamos atrás, ni pensamos con nostalgia en Egipto. El que pone las manos en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios.  Para el que tiene fe en Jesús, la muerte ya no tiene poder, es sólo un paso que daremos antes de resucitar a aquella vida en la que la muerte ya no tendrá ni que mencionarse.
Fue así como Jesús nos marcó el camino (Juan 12:23-25). Y en ese sentido, si no “morimos a la muerte”, entonces, no damos fruto de vida. En nuestra tradición anabautista, la muerte significó una forma de dar testimonio de fidelidad y de amor al Señor con la propia vida, porque se esperaba con fe el día de la resurrección. Y así, en confianza con la obra del Señor Jesús, poder decir como Pablo,  “para mí, vivir es Cristo, morir una ganancia” (Fil. 1,20-21). ¡AMÉN! La muerte no nos asusta. No terminaremos ahí, y por eso no la aceptamos. Antes bien, predicamos la vida eterna en comunión con Cristo Jesús, quien es digno de todo honor y gloria por todos los siglos.
Pero hay una segunda forma de concebir la muerte, de la que no sabemos por qué en el cristianismo moderno ya no nos gusta hablar — tal vez  para no ofender a nadie o porque no es muy atractiva para las iglesias preocupadas por mantener a las masas dentro de las paredes del templo.   Me refiero al binomio concreto pecado-muerte. “El fruto del pecado es la muerte…” dice Romanos (6:23a).
Entonces sí, crece la preocupación. ¿Qué hacemos los cristianos frente a aquello que produce la muerte?  Según el texto, lo que produce muerte es el pecado. Y si lo que produce la muerte es el pecado, habría que especificar que “pecado” es la transgresión de la relación con el Señor dador de Vida, pero también con el prójimo. De esa forma, el pecado deja de ser algo abstracto (alguna entidad extrañísima, sin nombre) y se convierte en social, cultural, moral, político, erótico, pedagógico, etc.  En ese sentido, la muerte aparece en una sociedad alejada del Reino del Señor como muerte concreta: social, cultural, política, moral, erótica, etc. De eso, y como mexicanos, sabemos mucho.

¿Qué hacemos los cristianos frente al binomio pecado-muerte? Nuestro país está hundido en la muerte, pero el cristianismo se empeña en declarar otro eslogan: “vamos a salvar almitas”. ¡NO! ¡Eso no es bíblico! El mensaje de salvación, ese que predicamos en nombre del Señor Jesús, salva espiritual, social, moral, política, erótica, cultural, pedagógica y biológicamente. El mensaje de salvación es integral, esto es: es el anuncio de un proyecto nuevo que envuelve la vida y todas sus esferas hacia un nuevo futuro, que está incompleto sin las relaciones con el otro, el prójimo: la viuda, el pobre, el desamparado (Mar. 12:29-32). Esta novedad, viene al mundo a en-carnarse como paz para el que,  desesperado, lucha todos los días en la angustia de la muerte.
La transformación que comienza el día que venimos a Cristo es integral, y por lo tanto debe afectar la forma social de nuestro entorno. Sin embargo  nos quejamos de las marchas, del país, de todo. Nuestro país está hundido en muerte. Muerte social y cultural, religiosa y moral. Muerte en las relaciones humanas, muerte en todos lados… ¿Dónde queda la esperanza, si no hay uno, tan sólo uno, en quien se pueda confiar? Los cristianos debemos reflexionar sobre cuál es nuestra responsabilidad social y política frente a esta muerte concreta.
Social, porque desde nuestra perspectiva comunitaria  el cristianismo no es individualista. No puedes ser discípulo/a si te ocupas solo de lo tuyo. Eres discípulo/a en tanto que eres un agente de transformación donde quiera que vayas, aunque andes metiendo las narizotas donde no te llaman. Tu responsabilidad está para con el prójimo, el pobre, el desamparado, la viuda, el huérfano, el que está en la cárcel, el vecino borracho, el estudiante, etc.
Política, —a diferencia de la mal entendida praxis de Peña y sus secuaces— es más bien encontrar cómo hacer las cosas de manera que todo funcione para el servicio a los demás, o mejor dicho, “es una actividad que organiza y promueve la producción, reproducción y el aumento de la vida de sus miembros” (Dussel, 2006).
En ese sentido, como bien escribe Yoder, Jesús tiene una propuesta política, ética, de liberación, justicia y por supuesto, de VIDA en el Reino de Dios (Yoder, J. H., Jesús y la Realidad política). Si creemos, como dice en Hebreos que “Jesús es el mismo ayer, hoy y por los siglos”, ¡Jesús sigue siendo el modelo a seguir! ¿Cuándo y dónde perdimos esa guía en nuestra experiencia religiosa?
El fruto del pecado es, sí,  la muerte, el mal, la injusticia y la violencia,  pero añade Romanos  6:23b “la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”.  Esto es, el regalo que Dios nos dio en Cristo Jesús es justicia, es el bien, es comunión, es restauración de las relaciones hombre-Dios-prójimo y la esperanza de la paz. PAZ, hermanos y hermanas.
Si algo produce la muerte en el que no tiene fe, es el miedo. Pero nosotros tenemos  paz, y la paz es esperanza, y nuestra esperanza no nos defrauda. Pero otra vez, esta esperanza de paz frente a la muerte no es algo abstracto o individual (no es eirene, es SHALOM). Es esperanza social, cultural, moral, política, ¡en todos los sentidos!  Entonces  ¿qué hacemos los cristianos frente a la muerte?
Yo propongo que sigamos anunciando con palabras y hechos, y sobre todo con hechos, el Evangelio de Paz de nuestro Señor Jesús. Esa es nuestra real victoria en el mundo: el Evangelio de Paz. Que sigamos pregonando “arrepentíos, porque el Reino de Dios ha llegado” y junto con ello, que entendamos que la iglesia, esta comunidad de los ex adictos al mundo, debe existir como un Santuario de Paz, esto es, un lugar donde la injusticia social, donde la ignorancia cultural y política, y donde las relaciones eróticas, etc., adquieren un sentido totalmente nuevo bajo la enseñanza del Maestro. Donde hay esperanza, donde el Reino de Dios se concreta en la tierra, poquito a poco y quizás sólo como un adelanto de lo que viene, pero quizás con eso es más que suficiente…
Amaneció hoy y nos hicieron falta 43 muchachos (que representan a miles más). Esta iglesia, que es una Iglesia de Paz (nos referimos a la comunidad total anabautista) tiene mucho trabajo qué hacer. ¿No creen? Tenemos una responsabilidad ineludible para el cambio de la cultura de muerte en vida, con nuestras manos, con nuestro ejemplo, en nuestras pequeñas comunidades. Hay que echar a andar la creatividad, no sin antes hacer un análisis profético del lugar y el tiempo donde Dios nos ha colocado. El Reino de Dios es saber que siempre hay esperanza, ¡siempre!

Finalmente, veamos Mateo 5:3-10. Quizás sea extraño que terminemos con este texto, pero leámoslo como una oración, porque si preguntamos, ¿qué hacemos los cristianos frente a todo aquello que produce muerte? ¿Cuál es nuestra victoria en un contexto así? Seguramente Jesús, radiante de esperanza, y con la ternura con la que vio al joven rico, nos respondería: Ánimo, que el Reino de Dios, ha llegado…
“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.
Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.
Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.



Rodrigo Pedroza, su hermano más pequeño.

1 comentario:

  1. Hola Hno. Soy Jason. Soy un Anabautista. Me gustaría hablar contigo

    correo thevillagemexico -a- gmail . com

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